LA LEY: UN JUEGO SIN FIN
LA LEY: UN JUEGO SIN FIN
Cuando se habla de la Constitución uno piensa en la ley. Las legislaciones colombianas se han pensado y construido, a lo largo de los siglos, para que no perduren. Ésta es una perversidad del alma de los legisladores, puesto que la ley debería permanecer como pauta de conducta a través de la cual se corrige y se convive. En otras sociedades sucede lo contrario; los gringos tienen una Constitución de diez artículos y esa regla subsiste gracias a un régimen policial. Aquí parece que cada ley tiene dentro de sí la semilla de su propia autodestrucción para posibilitar que se dé el santanderismo, la continuidad tonta de leyes que no sirven y que generan otras que no perdurarán, para que sólo se reproduzca estúpidamente la necesidad de más leyes y más legisladores, siempre dentro del universo de la ineficacia, la garantía de supervivencia de lo que Gaitán llamaba «los mismos con las mismas». Esa es la maña del poder. Para perpetuarse tiene que traicionar su propio invento: la ley. ¿Y cómo? Haciéndola imperdurable. Los poderosos se perpetúan en este país reformando siempre la ley para quitarle perdurabilidad, y en ese juego de malhacer leyes todo el país, con ellos a la cabeza, perece, históricamente hablando.
Si la ley desde un principio estuviera relativamente bien hecha, ellos no podrían seguir legislando sólo para el día a día. Tan así es que por ejemplo en un tema como la extradición, que nos agobia nacional e internacionalmente, los constituyentes de 1991 sólo legislaron para la coyuntura. Había narcoterrorismo y decidieron olvidarse de la extradición, sabiendo que cinco o seis años después iba a armarse un rollo internacional o un rollo interno tan fuerte, que iban a tener que revisar esa decisión. Una ley contradice la ley de hace quince años y la extradición es un claro ejemplo contemporáneo de cómo legislar para el presente. Hacen constituciones para la coyuntura, y ¿qué pasa después? Se inventan las posibilidades de reformar a través del Congreso para quitarle las vísceras a la Constitución, para poder volver a hacer otra ley que tampoco perdure. ¿Cómo quieren entonces que el ciudadano se acoja a una ley de pacotilla? ¿Que respete una normatividad variable, fútil e inaprensible? Y lo peor es que en ese juego siempre ganan ellos, los del poder, y pierden los que en apariencia sí están sujetos a la ley, los ciudadanos del montón que la rechazan consciente o inconscientemente y son castigados por ella o por las leyes privadas, ilegales. Esas que hoy ejercen con barbarie los «paras» que dicen representar la legitimidad, y las propias fuerzas de esa «legitimidad». Por esta razón no creo que la ley, por encima de la conciencia individual y colectiva, sea la única posibilidad de organización social. Quienes manejan las leyes, hasta la de la oferta y la demanda, siempre están aliados, y les favorece que éstas no perduren, aunque sepan que la impunidad original de la ley es su no perdurabilidad. Y esa es una raíz definitiva de la violencia. Tan así es que se hizo una gran ley, la Independencia, que en su conjunto —con todo lo que implicaba— era una ley civilista, una conquista que nos permitía vernos, existir y actuar en una sociedad soberana y nacional. Y no pasó nada. Esa ley original, como todas, nunca se cumplió.
Versión de la entrevista a Antonio Morales Riveira, tomada del libro No pasa nada. Una mirada a la guerra, de Guillermo Solarte Lindo, editado por Tercer Mundo y el Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura, IICA, 1998.